Continua · Fighting Algorithms Across Time
A ninth-grader types the same two words into her school library's catalog three times and gives up. The book she needs is on the shelf, forty feet away. For her, the search puts it eleventh.
This spring a new layer sits on the Halvorsen High catalog: Signal Health, powered by Alderlight. Alex runs the same search and gets a different order. On Zoe's login the four covers recommended for her are all girls in distress. "Why are mine all sad girls on floors?" she asks.
Nine days later Zoe is called out of chemistry for a "wellbeing check-in." The counselor cannot tell her why; the system only suggested it. Zoe has borrowed nine of the thirty-nine books that came back to the shelves in February, after months on a cart behind the desk, and she cannot show that this is the reason.
A public records request brings back three hundred and forty pages, with nothing withheld. None of them records what anybody was shown, because nobody made that record.
Lay the bookmark in a book at the page where somebody stopped reading, say a date out loud, and you are standing beside that reader. You go in your own body and your own clothes. People can see you, and if they hurt you, you bring it home. You understand every language and speak only the ones you already know. What the record holds stays as it is. And the copy you used comes home with every page white.
Two Nights in São Paulo. Three More Journeys.
São Paulo, August 1973. Nadia holds the bookmark for the first time and takes Zoe, Carlos and Alex into the composing room of O Estado de S. Paulo, where a censor with a red pencil strikes out an editorial. The paper may not leave the space empty, so it prints verses of a national epic in the hole, ending with the word continua. None of them speaks Portuguese, and none has papers.
Moscow, March 1940. In the locked special storage department of a library, Milo, Zoe and Grace watch a man cut the same photograph out of eleven copies of an album, working from a typed slip nobody has signed. Before dawn they join a line of women at the window where families came to ask the secret police about the arrested.
Seattle, January 1936. Milo goes alone and tells no one. On a street off East Madison, a government surveyor writes down a woman's new roof, and the realtor in his car talks him into a D in four minutes, because of who lives there.
Prague, November 1974. Alex holds the bookmark for his first journey and takes Zoe to a typist's flat, where a banned novel is typed fourteen copies at a time and its author signs every title page by hand, while the police search the building. In the morning the typist's son shows them the file his school typed about him, which he was never meant to see.
Back home, Nadia photographs the same twelve searches at the same terminal every Monday and calls nothing evidence until she can show it. When a man from Alderlight comes to explain the system, Zoe asks him what the wellbeing score reads, and has him write it down and sign it.
Continúa · Contra los algoritmos a través del tiempo
Una chica de noveno grado escribe tres veces las mismas dos palabras en el catálogo de la biblioteca de su colegio, y se rinde. El libro que necesita está en el estante, a unos doce metros. Para ella, la búsqueda lo pone undécimo.
Esta primavera, el catálogo del colegio Halvorsen tiene una capa nueva: Signal Health, con la tecnología de Alderlight. Alex hace la misma búsqueda y le sale otro orden. En la cuenta de Zoe, las cuatro portadas que le recomiendan son de chicas angustiadas. «¿Por qué a mí solo me salen chicas tristes tiradas en el piso?», pregunta.
Nueve días después, a Zoe la sacan de la clase de química para un «chequeo de bienestar». La orientadora no sabe decirle por qué: el sistema solo lo sugirió. Zoe ha sacado prestados nueve de los treinta y nueve libros que volvieron a los estantes en febrero, después de cinco meses en un carrito detrás del mostrador, y no puede demostrar que esa sea la razón.
Una solicitud de registros públicos trae trescientas cuarenta páginas, y no se retuvo ninguna. Ninguna dice qué se le mostró a nadie, porque nadie hizo ese registro.
Si pones el marcalibros en un libro, en la página donde alguien dejó de leer, y dices una fecha, llegas al lado de esa persona. Vas en tu propio cuerpo y con tu propia ropa. La gente te puede ver, y si te hacen daño, te lo traes a casa. Entiendes cualquier idioma, pero solo hablas los que ya sabes. Lo que la historia dejó registrado no se puede cambiar. Y cuando vuelves, el ejemplar que usaste se queda con todas las páginas en blanco.
Dos noches en São Paulo. Y tres viajes más.
São Paulo, agosto de 1973. Nadia tiene el marcalibros por primera vez y lleva a Zoe, a Carlos y a Alex a la redacción de O Estado de S. Paulo. Abajo, en el taller de composición, un censor con un lápiz rojo tacha un editorial. El diario no puede dejar el espacio en blanco, así que imprime en el hueco versos de una epopeya nacional y, al pie, la palabra continua. Ninguno de los cuatro habla portugués, y ninguno tiene documentos.
Moscú, marzo de 1940. En el depósito especial de una biblioteca, un cuarto cerrado con llave, Milo, Zoe y Grace ven a un hombre cortar la misma fotografía de once ejemplares de un álbum, según una papeleta escrita a máquina que nadie ha firmado. Antes del amanecer se forman al final de una fila, casi toda de mujeres, ante la ventanilla donde las familias iban a preguntarle a la policía secreta por los detenidos.
Seattle, enero de 1936. Milo va solo y no se lo dice a nadie. En una calle que sale de East Madison, un encuestador del gobierno anota el techo nuevo de una mujer, y el agente inmobiliario que va con él en el auto lo convence, en cuatro minutos, de ponerle una D a la zona por la gente que vive ahí.
Praga, noviembre de 1974. Alex tiene el marcalibros en su primer viaje y lleva a Zoe al departamento de una mecanógrafa, donde se copia a máquina una novela prohibida, catorce copias cada vez, y el autor firma a mano cada portada. Esa noche, la policía registra un departamento dos pisos más abajo. A la mañana siguiente, el hijo de la mecanógrafa les muestra el expediente que su liceo escribió sobre él y que él nunca debía ver.
De vuelta en casa, Nadia fotografía las mismas doce búsquedas en la misma terminal todos los lunes, y no llama prueba a nada hasta que lo puede mostrar. Cuando un hombre de Alderlight viene a explicar el sistema, Zoe le pregunta qué datos lee la puntuación de bienestar; él los anota en una hoja, y ella le pide que la firme.
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